Diputados que no pueden comulgar.

21 Noviembre 2009 at 9:20 | In Opinión | 1 Comment
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Descubro en Análisis Digital este interesante articulo escrito por Antonio Martínez Belchi, Profesor de Filosofía y dirigido a los diputados de nuestro país, que reproduzco integramente con su permiso:

* * *

Esta mañana, en clase de Historia de la Filosofía con 2º de Bachillerato, y como estamos viendo el tema de las pruebas de la existencia de Dios en la filosofía de Santo Tomás de Aquino, ha surgido un debate sobre las relaciones entre Iglesia y Estado. Y un alumno beligerantemente anticatólico, se ha referido, indignado, a las palabras recientemente pronunciadas por monseñor Martínez Camino, Secretario General de la Conferencia Episcopal Española, que, como se sabe, ha dicho que los diputados católicos -o supuestamente católicos- que voten a favor de la ley del aborto no podrán -mientras, claro, no se reconcilien con Dios a través del sacramento de la penitencia- acercarse en misa a recibir la comunión.

Martínez Camino tenía en mente, sobre todo, a los diputados del PNV que, según parece, van a votar a favor de la nueva ley de Zapatero. Y el alumno al que me refiero -y algún otro que lo ha apoyado-, cuando le he preguntado por qué consideraba tan escandaloso que se excluyera de la comunión a un diputado que dé su aprobación a la ley del aborto, me ha respondido que “la Iglesia dice que todos somos iguales y, además, tiene que perdonar”. No es un argumento muy fino y matizado, como se ve; pero, en lo sustancial, coincide con lo que personas supuestamente mucho más cultas piensan sobre el asunto: como “todos somos iguales”, “todos tenemos derechos a tomar la comunión cuando nos dé la gana” -¡vaya discriminación si un sacerdote se atreve a negársela a alguien!- y, como “la Iglesia tiene que perdonar”, no puede adoptar ninguna medida disciplinaria contra quien, siguiendo los sorprendentes dictados de su conciencia, la disciplina de voto de su partido o las cambiantes conveniencias de la coyuntura política, vota a favor de algo que, como el aborto, choca frontalmente con los principios más básicos del cristianismo.

A buen seguro, habrán sido muchos quienes, en las últimas horas, tras escuchar la Ser, ver el telediario de Cuatro o leer El País, se habrán indignado de manera semejante a como lo ha hecho mi alumno. Sin embargo, con ello demostrarán que ni siquiera se han parado un momento a reflexionar. Por ejemplo, no han pensado en lo que sucede si un diputado se atreve a romper la disciplina de su partido y emitir un voto contra la posición oficial que éste mantiene respecto a algún tema relevante. Todos sabemos que si, desatendidas las pertinentes conminaciones, tal cosa sucede y el diputado díscolo y montaraz se pasa por el forro las insistentes órdenes de sus superiores, tiene que enfrentarse a unas consecuencias que irán desde la mera sanción económica hasta, en último extremo, la expulsión fulminante del partido en el que milita. Además, es una cosa que se entiende perfectamente: de acuerdo que, en determinados casos -muy contados, por cierto-, los partidos políticos permiten que sus diputados voten en conciencia; pero, en la inmensa mayoría de los casos, los parlamentarios se convierten en meros peones que transmiten las consignas de la cúpula directiva de su formación, y que cierran filas -también al votar- porque, como dijera en su día Alfonso Guerra con su gracia y mala leche habituales, “el que se mueva no sale en la foto”. Otra cuestión es lo que todo esto nos parezca a efectos del tipo de “democracia” en el que vivimos, más parecida a una partitocracia dominada por ciertas castas oligárquicas que otra cosa. Ahora bien: el caso es que, si un diputado se salta a la torera las indicaciones de sus superiores, resulta lógico que reciba una sanción. Y a todos nos parece perfectamente comprensible.

Sin embargo, por alguna extraña razón, cuando es la Iglesia la que, aplicando esta misma lógica, impone una sanción canónica al parlamentario católico -o que así se define- que vota a favor del aborto, enseguida un montón de gente empieza a hacer aspavientos y a rasgarse las vestiduras. Al parecer, los principios que sirven para cualquier otro caso resultan inaplicables cuando se refieren a la Iglesia: ésta tiene no ya que “perdonar”, sino que cruzarse de brazos y no hacer nada aunque quien se declara públicamente católico hace algo que repugna a la entraña misma del cristianismo. ¿Por qué? Seguramente porque, para algunos, la religión debería asemejarse a una especie de vago espiritualismo compuesto, a partes iguales, de blandenguería y buenos sentimientos dispuestos a contemporizar con lo que sea: “Es que lo del aborto es una cuestión muy personal”, “es que nadie tiene derecho a inmiscuirse en una decisión muy íntima de la mujer”, “es que cada diputado, aunque sea católico, debe votar sin presiones, como considere más conveniente, y sin tener en cuenta, a la hora de votar, su fe católica: ¿no quedamos en que lo de la fe era una cuestión estrictamente privada?”.

Ya está bien de tonterías, señores: si un diputado es católico y vota a favor de la ley del aborto, entonces es que está interpretando su religión como le da la gana; y si, como sucedió durante la etapa de Aznar, es católico y, sabiendo que se está comete un tremebundo fraude de ley bajo el amparo del famoso tercer supuesto, tampoco hace nada porque el tema no parece estar en el primer plano de la agenda política de su partido y porque para qué nos vamos a meter en líos ahora que al fin estamos degustando las mieles del poder, entonces es un católico que debería avergonzarse de su conducta (como, por otra parte, todos los seres humanos tenemos que hacer con frecuencia, incluido el autor de estas líneas). Finalmente, si la Iglesia lo excluye temporalmente del sacramento de la comunión, está en todo su derecho de hacerlo. Y que quede claro que, en este caso, no se trata tanto de un “castigo” como de la constatación de un estado de cosas: quien públicamente se manifiesta a favor de algo que es inaceptable para la fe de la Iglesia, al menos en ese momento no está en plena comunión con esa fe, por lo que resulta evidente que -en tanto esa comunión se restablece por la oportuna vía sacramental- no debe acercarse a recibir la comunión. Que -no lo olvidemos- recibir a Cristo bajo la forma del pan y el vino nunca puede ser ningún “derecho”.

Llegará el día de la votación y varios diputados católicos del PNV votarán a favor de la ley del aborto. Y se indignarán, como muchos progresistas, de que la Iglesia les afee su proceder y les recuerde que, mientras no se hayan arrepentido de su acción, no pueden recibir la Sagrada Forma de manos del sacerdote. Por supuesto, la Iglesia Católica seguirá siendo -¿cuándo no lo es?- la mala de la película. Porque comete la osadía de no dejar de mirar nunca el rostro de Cristo que la mira desde la cruz y porque sí, en efecto, es muy mala: porque, por ejemplo, se opone con todas sus fuerzas a que una madre mate al hijo que lleva en su vientre. Una prueba inadmisible de falta de modernidad y de progresismo y, en fin, toda una desfachatez.

Señor Zapatero, ¿es usted masón?.

20 Noviembre 2009 at 10:20 | In Opinión | Leave a Comment
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Reproduzco, con el permiso del autor José Gea Escolano el siguiente articulo en el que D. José se hace la siguiente reflexión: «No sé si Zapatero es masón, pero está calcando el proyecto masónico».

Por el interés del articulo lo publico integro y el siguiente:

¿Por qué hago esa pregunta? Porque acabo de leer un libro de Maurice Caillet, antiguo masón, titulado YO FUI MASÓN (LibrosLibres), en el que dice lo siguiente: Los masones reivindican desde hace mucho tiempo, y lo han obtenido en buena medida en Francia, la libertad sexual total entre adultos. Esta valoración del placer, este hedonismo, ha llevado a la masonería a preparar y a promover en Francia todas las leyes que favorecen el libertinaje sexual, el divorcio, la contraconcepción química y mecánica, el aborto, el célebre PACS (pacto civil de solidaridad, una unión civil entre personas heterosexuales u homosexuales despenalización de las drogas blandas, así como la legalización de la eutanasia activa. Y pone una cita: “Es todo el concepto de familia lo que está derrumbándose” (Pag. 177).

Como se ve, la legislación española desde hace unos años parece que se está calcando de este proyecto masónico. No sé si Ud. será o no masón. Tiene desde luego todo el derecho a serlo. Pero si no lo es, mire a su alrededor porque el paralelismo entre la legislación que va apareciendo y el proyecto masónico van por caminos paralelos.

Las razones que Usted ha dado para defender la nueva ley sobre el aborto, no me parecen propias de un presidente del Gobierno, sino más bien un tanto infantiles y dirigidas a niños.
Primero ha dicho que «la nueva Ley del Aborto pretende homologarse con la legislación que existe en los países de nuestro entorno».

Segundo, dice que la reforma planteada es el «camino racional para reformar una situación tan difícil como el aborto».
Tercero, sigue diciendo que el «objetivo básico» que persigue la nueva ley impulsada por los departamentos de Sanidad e Igualdad es que «ninguna mujer vaya a la cárcel por una interrupción voluntaria del embarazo».

Como digo, unas respuestas faltas de peso y además, dadas en un pleno del Congreso ante todos los Diputados. Un presidente del Gobierno debe dar razones más serias ante el cambio de la legislación que pretende hacer. Nada menos que permitir que durante las catorce primeras semanas, cualquier mujer, incluso algunas jovencitas menores de edad, puedan abortar sin causa ni razón alguna y sin necesidad del conocimiento ni autorización de sus padres.

En cuanto a lo primero, la pretensión de homologarse con los países de nuestro entorno es algo sin sentido. Lo que hay que ver es si la legislación de otros países es una legislación que tiene en cuenta la dignidad del ser humano que todavía está en el seno materno. Si esa dignidad no se tiene en cuenta ¿es lógico que la imitemos? Se trata de permitir la eliminación de seres humanos tan dignos como cualquiera de nosotros y que debe ser respetado y protegido de manera especial porque, además, es débil y está indefenso. Recuerde aquel adagio latino: “maxima debetur puero reverentia”; y en su proyecto no sólo no hay reverencia al niño, sino que no se le tiene en cuenta y se le asesina.

En cuanto a lo segundo, según mi punto de vista, la reforma que se pretende no sólo no es el camino racional para reformar una situación tan difícil como el aborto, sino que es la más irracional posible, de manera que cualquier gobernante que se precie de serlo, debiera evitar por todos los medios que se abra la veda para matar a seres inocentes e indefensos.

Y en cuanto a lo tercero, que esa ley tiene como objetivo básico que ninguna mujer vaya a la cárcel por abortar, sabe que no es una razón seria. Nadie queremos que una mujer que aborte vaya a la cárcel. Lo que queremos es que se le ayude para que no tenga traumas como lo tienen casi todas las mujeres que abortan y que les dura mientras viven. Lo que queremos es que sean comprendidas y acogidas para que tengan al niño, y que el Estado, como ya está haciendo la Iglesia en algunas de sus instituciones, acoja a esas mujeres y se les ayude a tener el hijo y que pueda ser adoptado si lo prefieren. Pero que no lo maten. ¿Es eso querer que vayan a la cárcel? Hay que luchar por la vida, Sr. Presidente.

Catolicismo light con el mundo de fondo.

20 Noviembre 2009 at 10:12 | In Opinión | Leave a Comment
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Articulo escrito por Eleuterio Fernández Guzmán.

Reproduzco el siguiente articulo por el elevado interés que creo merece para su lectura, con el permiso y agradecimiento al escritor. Es el siguiente:

Cada cual hace, al respecto de la fe que tiene, lo que bien le parece. Sin embargo, hacer lo que bien parezca a una persona no quiere decir que tal forma de actuar sea buena ni esté de acuerdo con la creencia que se dice profesar.

No es menos cierto, sin embargo, que el mundo tira hacia abajo con mucho poder y potencia mundanizadora y Dios, a lo mejor, está demasiado lejos para que ciertos corazones creyentes se acaben de creer lo que eso significa.

Por eso, no podemos dejar de contemplar la situación de muchos hermanos en la fe católica que, muy al contrario de lo que se espera de ellos, se manifiestan con una actitud que disuelve su fe en las manos opresivas de la mundanidad.

En lo que llevo de artículo muchas, demasiadas veces, ha aparecido la palabra mundo en varias de sus posibilidades. Es, exactamente, para hacer ver que el catolicismo puede devenir, por la excesiva implicación de aquel en nosotros, algo que sea, sólo, un barniz.

Al respecto de lo dicho hasta ahora, hay un concepto que nos debería influir de tal manera que nuestra conciencia no dejara de advertirnos, ora sí ora también, que sólo ejercemos de católicos cuando cumplimos con la “unidad de vida”.

Todo el panorama de nuestra vocación cristiana, esa unidad de vida que tiene como nervio la presencia de Dios, Padre Nuestro, puede y debe ser una realidad diaria”.

Eso supone, al fin y al cabo, la unidad citada. Así, es más, la define S. Josemaría en “Es Cristo que pasa”. Y no es poca cosa aunque pudiera parecerlo.

Entonces, “Toda la vida —el corazón y las obras, la inteligencia y las palabras— llena de Dios”. Porque estar llenos de Dios ha de tener una clara consecuencia: hacer su voluntad.

Pero no siempre podemos cumplir tal radical voluntad, tan arraigada Ley. Entonces nos comportamos como católicos light, venidos a menos en cuanto a la fe:

-Y aplicamos el “respeto humano” (qué dirán si actúo según mi fe; preocupación por quedar mal ante el mundo según las reglas del mundo)

-Y nos dejamos amedrentar por otras supuestas “fes” y pensamos que, al fin y al cabo, todas son iguales. No damos, entonces, la importancia que tiene la Verdad.

-Y nos dejamos dominar por la superstición (cartas, adivinaciones horóscopos y demás) y damos de lado a Dios a su Providencia para entregarnos en unas “extrañas manos”.

-Y entonces nos vemos abocados a adorar a nuevos diosecillos baales (el dinero, la prevalencia del tener sobre el ser, el ansia de poder sobre el otro, etc. que no son, sino, ídolos de oro falso)

Así somos católicos light: dándonos a quien no nos corresponde darnos y sometiendo nuestra vida no a una unidad entre fe y actuación sino, muy al contrario, a una radical separación entre una y otra. Puro relativismo acaparador de todo pensamiento y, lo que es peor, de toda manifestación de fe.

Y siempre, siempre, siempre, al fondo de esta situación de olvido de la propia fe católica, está el mundo, con sus propuestas de alegría mundana que con su oferta de un carpe diemal estilo de Horacio (“Aprovecha el día, no confíes en mañana”) olvida que, precisamente, la esperanza es una virtud cristiana y, por eso, católica.

Por la misma, al contrario, hemos de confiar, más que nunca en el presente siglo, en que es posible nuestra salvación y que, por eso mismo, no podemos ofrecer el corazón por una nada, que nuestro carpe diem no puede tener tal sentido sino en la primera parte de la expresión citada (“Aprovecha el día”) y hacerlo con el ansia de quien se sabe hijo porque tiene un Padre y Creador: sin desperdiciar los talentos que a cada uno nos entrega Dios. Tal ha de ser nuestro carpe diem: positivo, puramente católico.

Y, sin embargo, no podemos estar en la seguridad de que todo está perdido. No lo está ni de lejos… porque nos corresponde una filiación divina a la que, entre otras cosas, nos debemos.

Por eso, cuando se dice (S. Josemaría en “Es Cristo que pasa”, 126, lo hace) “Vivamos ya como ciudadanos del cielo, siendo plenamente ciudadanos de la tierra, en medio de dificultades, de injusticias, de incomprensiones, pero también en medio de la alegría y de la serenidad que da el saberse hijo amado de Dios” se siembra, en el corazón del católico, una gran verdad.

Al fin y al cabo, Dios es nuestro Padre y, entonces, ¿A quién puedo temer?

Y es que el salmista bien sabía lo que decía y escribía.

Sobre Piratería.

19 Noviembre 2009 at 11:02 | In Opinión | Leave a Comment
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Articulo de Antonio Mencía. 19/11/2009.

Leo la siguiente noticia que publica el diario digital La Razón y que escriben C.D.Carrón/G.Suárez. En el se afirma que:” Tras años de alambicadas negociaciones, el esperado «modelo español» contra la «piratería» está al caer.”

Todos, de una forma u otra, hemos visto la sombra de la negra bandera de la piratería cerniéndose sobre nosotros. Sí, es posible que alguno de vosotros que leáis esto os hayáis librado de caer en las garras de tal negocio (desde el punto de vista de consumidor, claro) pero, a estas alturas, lo creo altamente improbable.

Debemos de ser conscientes de lo que la piratería informática, en concreto la que afecta a los juegos de ordenador, está suponiendo para el negocio. Y para nosotros los usuarios. Siempre se enarbola el argumento de que los juegos son excesivamente caros, y en la mayor parte de los casos así es, pero no llegamos a ver o, mejor, “no queremos ver” lo que hay tras esos maravillosos (generalmente) productos que son los juegos de ordenador y que tantas horas de disfrute nos procuran. Tras esos programas hay horas, muchísimas horas de trabajo, de desarrollo, de gente imaginando historias y ambientes que trasladar a nuestros monitores, gente que vive de ese trabajo y que ha de comer, muchas veces en compañías casi familiares. Es cuestión, creo, de concienciación. Por otra parte, las compañías de este negocio, cada vez más grandes y en continuo proceso de concentración tendente a un cuasi-monopolio, plantean la cosa en plan excesivamente mercantilista y la imagen humana, el trabajo de toda esa gente tras los juegos, se nos empieza a difuminar para terminar diciendo, muchas veces, y con razón, que tienen “más cara que espalda” al aplicar esos precios.

Los juegos son caros, en gran medida por causa de la piratería y en otra gran parte por la especulación de las compañías de desarrollo, en concreto de las distribuidoras. Es un círculo vicioso. Muchos usuarios, en su mayor parte jóvenes o que no tienen trabajo, acaso intentando evitar “sablear” más a sus padres o porque, sencillamente, no pueden permitírselo, acudirán al pirata de turno y le comprarán uno de los más célebres, generalmente muy recientes, y cubrirán sus necesidades y su “mono” de juego durante una buena temporada por unos pocos euros.

Posteriormente, en la mayor parte de los casos, estos avispados compradores de gangas comprobarán que alguno de esos juegos es incompatible con su ordenador porque en ningún sitio les han dicho los requerimientos técnicos mínimos del juego. Entre los restantes, probablemente, se encontrará con otros que, simplemente, no funcionan, que están en otro idioma, que el fichero está corrompido, que está incompleto, que cascan a la mitad de la aventura… Y es que ahora no puede ni siquiera esgrimirse el viejo argumento que justificaba la adquisición de juegos piratas porque era arriesgado gastarse la pasta en algo que pudiera no gustarte.

No niego que alguno cae todavía de manos de amistades, pero ya sólo se compran juegos originales y por una razón fundamental: pueden actualizarse, están completos, con documentación y manuales y, en caso de funcionamiento anómalo o defecto en el soporte, puedo devolverlo o cambiarlo.

Hay otra perspectiva, la más “romántica”: ¿os habéis planteado alguna vez un juego como una obra completa? Hay juegos a los que, si les quitas la banda sonora (que es un caso clásico de “ripping” por parte de los piratas) pierde gran parte de su esencia. Lo mismo ocurre con las animaciones, algunas superfluas y otras fundamentales para el desarrollo de la historia. Otras, es cierto, son plenamente prescindibles, pero por algún motivo las habrán incluido.

Como alivio a la situación que se plantea, he de decir que, en mi opinión, parece vislumbrarse alguna intención por parte de las distribuidoras por reducir los precios de sus productos. La mayor parte de ellas lanzan juegos bastante “apañados” con precios muy atractivos y otras rebajan drásticamente los precios de productos no tan antiguos, presentándolos en colecciones de “clásicos” y similares. Otras, sin embargo, seguras del éxito y calidad de sus programas, no se apean de la burra hasta pasado cierto tiempo del lanzamiento o pasada la fiebre.

Hubo un tiempo en que pudo parecer, no bien, sino “necesaria”, la existencia de la piratería en el mercado de juegos, pero ahora no puedo defenderla porque perjudica, incluso más, a los usuarios que a las firmas que los crean y/o distribuyen.

Hay pocas cosas tan frustrantes como comenzar un juego y no poder terminarlo porque deje de funcionar, o no saber para qué sirve esto o aquello. De acuerdo en que ahora, con una buena grabadora y algún soft como el Clone CD se tienen muchas garantías de lograr una copia plenamente funcional, pero siempre, y digo SIEMPRE, habrá algo que le faltará a ese juego sobre el original. Nunca será completo y esa copia, probablemente, contribuirá a que alguien vaya a la quiebra o que los precios, jamás, se adecúen a la demanda real del mercado.

De cualquier modo, esta es mi perspectiva personal. Yo tengo clara mi posición, y vosotros, la vuestra, sea cual sea.

Cultura Satánica.

19 Noviembre 2009 at 10:07 | In Opinión | 1 Comment
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Encuentro en Camineo, un buen articulo escrito por Pedro Luis Llera Vázquez en el que deja bien claro la situación en que estamos en este momento respecto a los amigos del maligno. Con su permiso lo reproduzco para vuestra reflexión:

“Son los mismos. No sé si ustedes se habrán fijado, pero son siempre los mismos:

Quieren acabar con la Iglesia, con cualquier referencia cristiana. La cristofobia que postulan resulta patente. Odian a Cristo: lisa y llanamente. Les enseñas un crucifijo y echan espumarajos por la boca como la niña de El Exorcista. Por eso quieren eliminar los crucifijos de las escuelas, de los cuarteles, de los juzgados. No juran: prometen (ojalá tuvieran palabra, pero tampoco la tienen).

Les encanta hacer todo tipo de exposiciones blasfemas; calendarios pornográficos y zafiamente obscenos en los que intentan ridiculizar a la Santísima Virgen María, al mismísimo Jesucristo o a los santos; obras de teatro detestables que ofenden gravemente a los creyentes; películas que fomentan el odio a los cristianos o defienden con argumentos burdos el aborto o la eutanasia; supuestos artistas que en nombre de la libertad atentan contra lo más sagrado (la dignidad del ser humano). Son los que producen series de televisión y programas de todo tipo para esparcer su basura con su cuota de gays y lesbianas incluida. Son los mismos viciosos inmorales que pretenden “normalizar” socialmente sus comportamientos detestables y pervertir a los niños y jóvenes haciéndoles creer que cualquier inclinación sexual vale con tal de disfrutar. Son los mismos que propagan la pornografía y se enriquecen con el envilecimiento de las personas. Son los mismos que desde lobbies gays o feministas radicales defienden la ideología de género y pretenden subvertir la cultura cristiana desde sus presupuestos ideológicos neomarxistas. Son los predicadores infatigables del condón y los apóstoles del botellón y de la raya. Los del absurdo lenguaje “políticamente correcto” de los “miembros” y las “miembras”.

Esos mismos no dudan en atacar al Papa o a los obispos día sí y día también. Esos mismos pretenden cambiar el calendario para borrar de él las fiestas cristianas. Son los que quieren que la Navidad se convierta en la Fiesta de Invierno y la Semana Santa, en la Fiesta de la Primavera. Son neopaganos agresivos que no sólo nos quieren imponer su ideología asquerosa, sino que quieren destruir lo cristiano de raíz. Son los mismos que quisieran destruir nuestros templos o los eliminan de los callejeros. Son los que manchan los muros con pintadas como la de “La única iglesia que ilumina es la iglesia que arde”. Son los enemigos del Belén en los colegios o de las procesiones de Semana Santa.

Esos mismos son los que apoyan el aborto y la eutanasia. Son los que han convertido la educación en un estercolero en el que los alumnos agreden a sus profesores y los hijos a sus padres. Son los mentores del hedonismo vomitivo y del relativismo moral. Y son los mismos que imponen una asignatura como Educación para la Ciudadanía que pretende inculcar toda su nauseabunda ideología a nuestros hijos. Son los mismos que ponen en marcha planes de “educación afectivo-sexual” que propagan las bondades de la masturbación o de la homosexualidad.

Esos mismos son los que se acojonan ante los musulmanes y les hacen reverencias ostensibles y obscenas y se cuidan muy mucho de hacer comentario alguno ofensivo contra Mahoma o contra el Islam, porque son unos cobardes que se mueren de miedo ante las consecuencias que cualquier ofensa a esa religión les pudiera acarrear, pero se crecen contra los cristianos porque somos inofensivos. Son los de las alianzas de civilizaciones que miran para otro lado ante las lapidaciones públicas de la ley islámica.

Son los mismos que dicen defender los derechos humanos, pero admiran y defienden impúdicamente a Fidel Castro. Los mismos que no denuncian las atrocidades de los comunistas chinos. Los mismos que dicen luchar contra el cambio climático y defender el medio ambiente, pero no dudan en aprobar leyes que permiten la investigación con embriones humanos y el asesinato de seres humanos inocentes. Son los mismos que defienden la eugenesia y el sacrificio de embriones en los altares de la ciencia y el progreso.

En unos sitios se hacen llamar “socialistas”; en otros,“bolivarianos”, “comunistas”, “verdes”, “ecologistas” o “feministas”; se dicen “progresistas” y pretenden darnos lecciones de “bioética”. Hablan del derecho de la mujer a decidir y consideran que el aborto es un derecho. Propugnan la “liberación sexual” y arropan con argumentos supuestamente científicos sus ideologías perversas y destructivas. Son los reyes del eufemismo perverso y de la demagogia y la propaganda. Nos envuelven el pecado en papel de regalo y nos pretenden hacer pasar por buena la maldad.

A esos es a quienes los cristianos estamos llamados a amar: por paradógico que les pueda suponer a algunos. El Maestros nos pide que amemos a nuestros enemigos. A amarlos, sí: no a odiarlos. Y a rezar por ellos. Porque debemos aborrecer el pecado, pero amar a los pecadores. Es su ideología, su propaganda y sus actos malignos lo que debemos combatir. Debemos luchar contra el aborto y contra las ideologías que defienden tal atrocidad. Pero debemos rezar por la conversión de los responsables de tales actos. Si caemos en el odio, en el resentimiento o en las provocaciones de su propaganda, estaremos cayendo en la trampa del Demonio. Nuestras únicas armas son la cruz de Cristo, la oración, los sacramentos, el rosario y la defensa no violenta de nuestros principios, de la verdad y de la vida. Y no tener miedo ni perder la esperanza: hace unos pocos días recordábamos que un Papa, sin ejércitos ni blindados, pero con la fuerza de la fe y la ayuda de Dios, hizo más por derrumbar el Imperio Comunista Soviético que todas las fuerzas de la OTAN juntas. La “Cultura Satánica” sólo será derrotada por la “Civilización del Amor”. No lo olvidemos y no caigamos en las trampas del Maligno. Sólo la Cruz nos salva. No podemos tomar atajos.”

Deberiamos reflexionar sobre este tema y preguntarnos los siguiente: ¿Soy una buena persona haciendo cosas «malas»… o una mala persona haciendo cosas «buenas»?

La moral y la libertad.

18 Noviembre 2009 at 11:37 | In Opinión | Leave a Comment
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Artículo escrito por Antonio Mencía. 18/11/2009.

Esta es una reflexión acerca de la moral y de la libertad del ser humano. Todos sabemos que la moral es el conjunto de normas que determinan aquellos comportamientos que son aceptados dentro de una determinada sociedad.

Lo que en una cultura es malo, en otra es bueno. No nacemos buenos ni malos, nacemos puros y libres y poco a poco la sociedad y la religión nos van condicionando.

Pienso que nuestras actitudes a diario pueden ayudar a cuestionar nuestra moral, no es necesario divulgar o forzar a que los demás aprendan algo que no les parece o no quieren, simplemente nuestro comportamiento en particular en la vida puede cambiar muchas cosas, el utilizar el sentido común siempre que se pueda es lo más correcto a mi juicio, los demás absorben lo que perciben y se nutren de todo ello, como también habrá más de uno que crea que no lo haces correctamente.

Recuerdo una pequeña historia que la escribió Jorge Bucay en el libro “Recuentos para Demian: Los cuentos que contaba mi analista” y se titula: “El Elefante Encadenado“. Con su permiso voy a reproducir a continuación:

“Cuando yo era chico me encantaban los circos y lo que más me gustaba de los circos eran los animales. También a mí, como a otros, después me enteré que me llamaba la atención el elefante.

Durante la función la enorme bestia hacia despliegue de su peso tamaño y fuerza descomunal…pero después de su actuación y hasta un rato antes de volver al escenario el elefante quedaba sujeto solamente por una cadena que aprisionaba una de sus patas a una pequeña estaca clavada en el suelo.

Sin embargo, la estaca era solo un minúsculo pedazo de madera apenas enterrado unos centímetros en la tierra. Y aunque la cadena era gruesa y poderosa me parecía obvio que ese animal capaz de arrancar un árbol de cuajo con su propia fuerza, podría con facilidad arrancar la estaca y huir.

El misterio es evidente: ¿Qué lo mantiene entonces ¿Por qué no huye?

Cuando tenía cinco o seis años yo todavía confiaba en la sabiduría de los grandes. Pregunté entonces a algún maestro, a algún padre o a algún tío por el misterio del elefante. Alguno de ellos me explicó que el elefante no se escapaba porque estaba amaestrado. Hice entonces la pregunta obvia: Si está amaestrado ¿Por qué lo encadenan? No recuerdo haber recibido ninguna respuesta coherente.

Con el tiempo me olvidé del misterio del elefante y la estaca…y sólo lo recordaba cuando me encontraba con otros que también se habían hecho la misma pregunta.

Hace algunos años descubrí que por suerte para mí alguien había sido lo bastante sabio como para encontrar la respuesta : EL ELEFANTE DEL CIRCO NO ESCAPA PORQUE HA ESTADO ATADO A UNA ESTACA PARECIDA DESDE QUE ERA MUY, MUY PEQUEÑO.

Cerré los ojos y me imaginé al pequeño recién nacido sujeto a la estaca. Estoy seguro de que en aquel momento el elefantito empujó, tiró y sudó tratando de soltarse. Y a pesar de todo su esfuerzo no pudo. La estaca era ciertamente muy fuerte para él. Juraría que se durmió agotado y que al día siguiente volvió a probar y también al otro y al que le seguía….Hasta que un día, un terrible día para su historia, el animal aceptó su impotencia y se resignó a su destino. Este elefante enorme y poderoso, que vemos en el circo, no escapa porque cree – pobre – que NO PUEDE.

El tiene el registro y recuerdo de su impotencia, de aquella impotencia que sintió poco después de nacer. Y lo peor es que jamás se ha vuelto a cuestionar seriamente ese registro. Jamás…jamás….intentó poner a prueba su fuerza otra vez.

Vivimos creyendo que un montón de cosas “no podemos” simplemente porque alguna vez, antes, cuando éramos chiquitos, alguna vez probamos y no pudimos. Hicimos entonces, lo del elefante: grabamos en nuestro recuerdo: NO PUEDO….NO PUEDO Y NUNCA PODRE. Hemos crecido portando ese mensaje que nos impusimos a nosotros mismos y nunca más lo volvimos a intentar.

Cuando mucho, de vez en cuando sentimos los grilletes, hacemos sonar las cadenas o miramos de reojo la estaca y confirmamos el estigma: ” NO PUEDO Y NUNCA PODRE ” Vivimos condicionados por el recuerdo de otros, que ya no somos y no pudieron.

Tu única manera de saber, es intentar de nuevo poniendo en el intento todo tu corazón…..TODO TU CORAZON”.

Nuestra libertad muchas veces significa la capacidad de darse cuenta de la realidad social de nuestro entorno determinado y a partir de ahí tener la capacidad y los valores para expresarse sobre un problema dado o para ejercer una determinada acción.

Recuerdo una cita de Emilio Castelar Ripoll que dice así: “La libertad es el instrumento que puso Dios en manos del hombre para que realizase su destino.”

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