Plácido Domingo dedica a Juan Pablo II un disco inspirado en sus poemas.

Plácido Domingo dedica a Juan Pablo II un disco inspirado en sus poemas Elimparcial.es / Efe. Madrid / Fotos: Manuel Engo.

El tenor Plácido Domingo no pretende “hacer bailar al clero” con el disco que dedica al papa Juan Pablo II, “Amore Infinito”, inspirado en poemas de Karol Wojtyla, sino transmitir su admiración ilimitada por el Pontífice y que todos, “no sólo los católicos”, conozcan a “ese personaje extraordinario”.

Plácido Domingo ha presentado este miércoles en Madrid el disco “Amore Infinito”, dedicado al Papa Juan Pablo II, y compuesto por doce temas que irán “aumentando” con el tiempo porque quiere añadirle varios en polaco e incluso un documental para que el “mundo” sepa de la “inmensa fuerza y humanidad” de Wojtyla.

Preguntado si quería “hacer bailar al clero” con su disco al igual que hizo con los invitados al concierto conmemorativo de la caída del Muro el pasado día 9 al cantar “Berliner Luft”, Domingo ha asegurado riéndose que no es esa su intención “para nada”. “No pretendo hacer bailar al clero. Es sólo un disco con un mensaje popular y su carácter no es clásico sino que tiene un sentido moderno”, ha precisado.

Según ha explicado, la idea nació a raíz de un recital que dio en Ancona (Italia) en el que había incluido una obra del compositor italiano Marco Tutino en la que ponía música a uno de los poemas del papa Juan Pablo II. En una audiencia papal, con motivo precisamente de ese concierto, Domingo le pidió permiso para que le dejara a él y a su hijo, que es compositor, profundizar y “buscar” más poemas para hacer un disco.

“Para ampliar el atractivo de los versos, algunos mejores que otros”, matiza, decidieron interpretar unos en italiano, otros en español, como “Resuena el alma mía”, “La conciencia” y “La libertad”, y otras en inglés.

Un personaje “extraordinario”

Entre el tenor y su hijo encontraron algunas composiciones “populares” a las que podía poner música con melodías sencillas, aunque con “profundidad”. Uno de ellos, el poema “Madre”, “habla directamente” al corazón; otros tratan del amor a Dios y otros de los trabajadores porque, como recuerda Domingo, cuando a él le dijeron que Juan Pablo II había sido elegido Papa supo que “se trataba del principio del fin del comunismo, y así fue”.

“Quería ayudar a conocer al público al personaje extraordinario que fue el Papa, un ser que irradiaba plenitud. Si no hubiera habido un atentado contra él -que mermó notablemente su salud- seguiría siendo Papa”.

Ha insistido en que no se trata de un trabajo dirigido “a los católicos, aunque ellos pueden apreciarlo con mayor devoción” porque habla de sentimientos universales, “sin importar la religión”.

Medio en broma, medio en serio, Domingo ha sugerido que “si se cree en Dios hay que darle cada día gracias, y, si no, también, por si acaso” aunque él está persuadido de que “tiene que haber una fuerza sobrenatural” que “no puede ser que no haya nada más”. En el disco, interpretado por la Orquesta Sinfónica de Londres, canta duetos con su hijo Plácido, Andrea Boccelli, Josh Groban, Katherine Jenkins y Vanessa Williams.

Tus faltas…Yo las he olvidado para siempre.

El hijo prodigo

Autor: Eusebio Gómez Navarro | Fuente: Catholic.net

La parabola del hijo prodigo representa a la humanidad pecadora y descarriada que se ha olvidado de Dios.

Al acercarse a pedir perdón a Dios, hay que estar dispuesto a amar y perdonar al prójimo.

El creyente a Dios:

– No te acuerdes, Señor, de mis pecados.

Dios al creyente:

– ¿Qué pecados? Como tú no me los recuerdes, yo los he olvidado para siempre.

Dios, como Padre, tiene muy mala memoria para recordar pecados de sus hijos; no lleva cuentas del mal, disculpa siempre y “olvida siempre”. Como buen Padre, quiere que aprendamos a amar de tal forma que seamos capaces de perdonar.

Jesús nos habla del perdón de Dios, de las entrañas amorosas del Padre en la parábola del hijo pródigo (Lc 15,11-32).

El Padre ama al Hijo y le deja en libertad para que siga sus sueños, para que sea él mismo, para que se pueda equivocar, con el riesgo de perder su compañía y la alegría de vivir en su casa.

El Padre espera la vuelta del hijo. No la acelera, no se le agota la paciencia. Su corazón no se amarga ni se endurece en la tardanza, sino que crece en él el ánimo de abrazar, consolar y dar una fiesta, porque su hijo estaba muerto y ha vuelto a la vida.

Cuando retorna el hijo arrepentido y humillado, el Padre no le niega su herencia ni le echa de casa, sigue siendo el hijo muy amado. El hijo puede olvidar tranquilamente su pasado, porque el Padre no lo recuerda.

El cristiano ora frecuentemente esta petición: “Perdona nuestras ofensas”. Dios se olvida de nuestras faltas, a no ser que alguien se las recuerde al no amar y perdonar al hermano. Es imposible amar a Dios a quien no vemos, si no amamos al hermano a quien vemos (1 Jn 4,20). Es imposible abrirse a su gracia, acoger el amor misericordioso del Padre, si no se está abierto a amar y perdonar al otro. El perdón se hace posible, “perdonándonos mutuamente como nos perdonó Dios en Cristo” (Ef 4,32).

La parábola del siervo sin entrañas, que culmina la enseñanza del Señor sobre la comunión eclesial (Mt 18,23-35), acaba con esta frase: Esto mismo hará con vosotros mi Padre celestial si cada uno no perdona de corazón a su hermano.

Solamente se puede amar y perdonar con la ayuda y la gracia de Dios. En el perdón y el amor no hay límites ni medidas. A nadie hay que deber nada más que amor (Rm 13,8).

Al acercarse a pedir perdón a Dios, hay que estar dispuesto a amar y perdonar al prójimo. “Dios no acepta el sacrificio de los que provocan la desunión; los despide del altar para que antes se reconcilien con sus hermanos” (San Cipriano).

¿Qué aconseja la Iglesia ante el problema de las drogas?.

abrazo

Fuente: www.feyfamilia.com

El modelo cristiano de la familia permanece como el punto de referencia prioritario sobre el cual insistir en toda acción de prevención y recuperación.

La droga no es el problema principal del toxicodependiente. El consumo de droga es sólo una respuesta falaz a la falta de sentido positivo de la vida. Al centro de la toxicodependencia se encuentra el hombre, sujeto único e irrepetible, con su interioridad y específica personalidad, objeto del amor de Dios.

¿Por qué se recurre a las drogas?

Los motivos personales al origen del consumo de sustancias estupefacientes son muchos. Pero en todos los toxicodependientes, prescindiendo de la edad y de la frecuencia con que las usan, se constata un motivo constante y fundamental: la ausencia de valores morales y una falta de armonía interior de la persona.

Quien hace uso de la droga vive en una condición mental equiparada a una adolescencia interminable. Tal estado de inmadurez tiene origen y se desarrolla en el contexto de una falta de educación. La persona inmadura proviene con frecuencia de familias que no consiguen transmitir los valores, sea por la falta de una adecuada autoridad, sea porque viven en una sociedad «pasiva», con un estilo de vida consumístico y permisivo, secularizado y sin ideales.

¿Cómo es un adicto para la Iglesia?

Fundamentalmente el toxicodependiente es un «enfermo de amor»; no ha conocido el amor; no sabe amar en el modo justo porque no ha sido amado en el modo justo.

¿Por qué muchos jóvenes consumen drogas?

Frecuentemente se encuentre en ellos el temor del futuro o en el rechazo de nuevas responsabilidades. El comportamiento de los jóvenes es con frecuencia revelador de un doloroso descontento debido a la falta de confianza y de expectativas frente a estructuras sociales en las cuales ya no se reconocen.

¿Les han sido ofrecidos motivos suficientes para esperar en el mañana, para invertir en el presente mirando al futuro, para mantenerse firmes sintiendo como propias las raíces del pasado?

¿Qué tipo de familia favorece el inicio en drogas?

El toxicodependiente viene frecuentemente de una familia que no sabe reaccionar al stress porque es inestable, incompleta o dividida. Hoy van en preocupante aumento las salidas negativas de las crisis matrimoniales y familiares: facilidad de separación y de divorcio, convivencias, incapacidad de ofrecer una educación integral para hacer frente a problemas comunes, falta de diálogo, etc.

Pueden preparar una elección de la droga, el silencio, el miedo de comunicar, la competitividad, el consumismo, el stress como resultado de excesivo trabajo, el egoísmo, etc. En síntesis, una incapacidad de impartir una educación abierta e integral. En muchos casos los hijos se sienten no comprendidos y se encuentran sin el apoyo de la familia. Además, la fe y los valores del sufrimiento, tan importante para la madurez, son presentados como antivalores. Padres no a la altura de su tarea, constituyen una verdadera laguna para la formación del carácter de los hijos.

¿Qué características sociales facilitan la drogadicción?

Nuestra época exalta una idea equivocada de libertad que exalta el utilitarismo y el hedonismo, y con ellos el individualismo y el egoísmo. Y así, la referencia a los valores morales y a Dios mismo son cancelados en la sociedad y en la relación entre los hombres. En una sociedad que busca la gratificación inmediata y la propia comodidad a toda costa, en la cual se está más interesado en «tener» que en «ser», se ha perdido el sentido de la vida, y se vacía la persona de su dignidad, llevándola a la frustración y a la vía de la autodestrucción. En una sociedad así descrita, la droga es una fácil e inmediata, pero mentirosa, respuesta a la necesidad humana de satisfacción y de verdadero amor.

¿Qué respuesta ofrece la Iglesia al drogadicto?

En su actitud decididamente pastoral la Iglesia se acerca al toxicodependiente con su radiante concepción de la verdad sobre Cristo, sobre sí misma y sobre el hombre.

La propuesta de la Iglesia es un proyecto evangélico sobre el hombre. Anuncia a cuantos viven el drama de la toxicodependencia y sufren una existencia miserable, el amor de Dios que no quiere la muerte sino la conversión y la vida.

Al toxicodependiente, carente fundamentalmente de amor, hay que hacer conocer y experimentar el amor de Cristo Jesús. En medio de una desazón atormentada, en el vacío profundo de la propia existencia, el itinerario hacia la esperanza pasa por el renacer de un ideal auténtico de vida.

Todo esto se manifiesta plenamente en el misterio de la revelación del Señor Jesús. Quien toma sustancias estupefacientes debe saber que, con la gracia de Dios, es capaz de abrirse a quien es «el camino, la verdad y la vida».

Puede así comenzar un itinerario de liberación descubriendo que él es imagen de Dios, en la realidad de hijo, que debe crecer en la similitud de la imagen por excelencia que es Cristo mismo.

¿Qué ideales hay que proponerle al adicto?

Los seguros y nobles ideales necesarios para el crecimiento del toxicodependiente como sujeto activo son aquellos que responden a la necesidad extrema del hombre de saber si hay un por qué que justifique su existencia terrena.

Por este motivo, es necesaria la luz de la Trascendencia y de la Revelación cristiana. La enseñanza de la Iglesia, anclada en la palabra indefectible de Cristo, da una respuesta iluminadora y segura a los interrogantes sobre el sentido de la vida, enseñando a construirla sobre la roca de la certeza doctrinal y sobre la fuerza moral que proviene de la oración y de los sacramentos.

La serena convicción de la inmortalidad del alma, de la futura resurrección de los cuerpos y de la responsabilidad eterna de los propios actos es el método más seguro también para prevenir el mal terrible de la droga, para curar y rehabilitar a sus pobres víctimas, para fortalecerlas en la perseverancia y en la firmeza sobre las vías del bien.

¿Qué modelo de familia necesitan los adictos?

La experiencia de cuantos trabajan con especial competencia en el mundo de la toxicodependencia (psiquiatras, psicólogos, sociólogos, médicos, asistentes sociales, etc.), confirma en modo unánime que el modelo cristiano de la familia permanece como el punto de referencia prioritario sobre el cual insistir en toda acción de prevención, recuperación e inserción de la vitalidad del individuo en la sociedad.

Este modelo radica en el amor auténtico: único, fiel, indisoluble de los cónyuges. Es necesario volver a la concepción cristiana del matrimonio como comunidad de vida y de amor.

Desde la primera adolescencia los hijos miran a los padres y a la familia como modelos de vida. La familia, debe regresar a ser el lugar donde ellos puedan tener la experiencia de la unidad que los refuerza en su peculiar personalidad. Las familias deben ser objeto y sujeto de educación en la solidaridad y en el amor-don.

La familia, «Iglesia Doméstica», es capaz de afrontar todo a la luz de la Palabra de Dios. Y si Dios ocupa realmente el primer puesto, llega a ser el lugar del crecimiento y de la esperanza pues en ella cada día se reconstruye la vida cristiana con amor, fe, paciencia y oración.

El Padre Nuestro del drogadicto.

Encadenado por la droga

Autor: P. Alberto Ramírez Mozqueda.

Oración de un hijo extraviado a Su Padre.

Hola, yo soy Geraldo, y para mis amigos siempre fui el Geras, tengo 22 años, escapado de ultima hora de las drogas, de una forma que aún no me explico, a no ser por lo que voy a decir.

Yo había oído el mundo de las drogas, pero lo consideraba cosa de otro mundo, sabía como día a día, se precipita en ese mundo vertiginosamente un número cada día más grande de gente. Yo mismo había pasado por entre grupos de chavos que tirados como hojas secas de los árboles, se encontraban en grupos con jeringa en mano varios de ellos. Nunca me dieron tentación y sí muchas veces me causaban lástima.

Sentía que todos esos jóvenes ahí postrados, se engancharon a la droga, embobados por la alucinación de la curiosidad. Todos habían cedido ante el deseo de experimentar sensaciones nuevas. Y la mayoría iniciaron por poca cosa… algo “sin importancia” -como muchos creen-. “Al fin y al cabo, -ellos mismos afirmaban, fumarse un par de cigarrillos bien gruesos, de vez en cuando es totalmente inofensivo…”. “Además -añadían muy seguros de sí mismos-, lo puedo dejar en cuanto yo quiera”, y sin embargo ahora estaban encadenados de por vida.

Yo no sé cómo yo mismo que tanto los criticaba, caí tan fácil en la trampa. Quizá fue por no sentirme menos hombre que mis compañeros que todos fumaban lo mismo, o por simple curiosidad. Pero no paró todo en cigarrillos, poco tiempo después la heroína llegó a ser tan vital para mí como mi propia existencia. Cuando comencé a tratar de vivir sin ella, me ocurrían cosas terribles. Me ponía muy nervioso y no paraba ni un instante de tiritar. Me asaltaban continuas tandas de frío y luego de calor. Vomitaba durante horas hasta no expulsar más que sangre.

Los calambres me recorrían el cuerpo por las piernas y la espalda y me hacían rodar por el suelo a causa del dolor. Me subía y bajaba el ritmo respiratorio, la presión y la temperatura. También tenía repentinas contracciones musculares, diarrea, me ardían los ojos… Te prometo que quería morirme…”. Y el sudor que emanaba de mi cuerpo era lo bastante abundante como para empapar la ropa de la cama y el colchón.

Sucio, sin afeitar, despeinado, embadurnado con mis propios vómitos y excrementos, yo presentaba en esos momentos un aspecto casi infrahumano. Sin comer y sin beber, adelgazaba rápidamente. La debilidad en la que me veía abatido me llevaba incluso a casi no poder levantar la cabeza.

Yo me metí a las drogas pensando vivir en un vergel o en un paraíso terrenal, pero un día me vi despierto ante una cruda realidad, con un cuerpo destrozado, envejecido prematuramente, disminuido notablemente en todas sus capacidades. Y, lo que es peor, con un interior vacío, sediento más aún de esa sed de felicidad que la droga no pudo aplacar en lo más mínimo. Había desperdiciado inútilmente mi vida y con ella la posibilidad de alcanzar algún día la ansiada felicidad, la verdadera.

Un día me metí a una iglesia, como pude, con el afán de robar aunque fuera las limosnas, o a la primera viejita que entrara pero estaba muy débil y lo más que hice fue sentarme en una banca del fondo de la iglesia. En eso estaba cuando en la banca de adelante se arrodilló una chava “que estaba bien”, por lo que se veía, y no pude quitarle la vista de encima. No se movía, inclinada profundamente, estaba clavada con su cabeza entre sus manos.

No sé cuánto tiempo pasó, pero cuando se levantó y se volvió para retirarse del lugar, creí que estaba en la gloria, pues la chava traía una cara de felicidad, que me desconcertó, pero más creció mi desconcierto cuando vi que al pasar me sonreía, pero no con una sonrisa de lástima, sino como una invitación a que yo también cerrara los ojos y me pusiera en oración como ella.

Entonces sentí unas ganas locas de llorar, y de hecho lo hice, pues ya no encontraba consuelo en el mundo. Cuando más intensas eran mis lágrimas y mis quejidos, acertó a pasar por ahí un sacerdote, que sin mas ni más me puso su brazo sobre mis hombros y me recargó sobre su pecho, sin importarte que yo estuviera sucio y mal oliente. ¡Cómo descansé ese día, al tener cerca esos brazos que me expresaban acogida, ternura y aceptación!

El sacerdote no pronunció palabra, simplemente se concretó a hacer que yo me sintiera hombre nuevamente. Cuando cesaron mis lágrimas y mis gritos, porque grité de angustia pero al mismo tiempo de felicidad, el sacerdote simplemente fue poniendo en mis oídos, casi como un susurro, palabras que yo había olvidado hacía mucho tiempo, pero que removieron un mundo interior que yo no había soñado: “Padre nuestro… Padre nuestro…”.

Estas solas palabras evocaron muchos recuerdos, muchas horas pasadas en oración con mi madre ahora ya anciana y acabada al ver a su hijo que se mostraba cadavérico aunque aún con vida. El resto del Padre nuestro fue fluyendo suave pero fuertemente en mi interior: Padre nuestro que estás en los cielos, pero ya lo sentía yo muy fuerte cerca de mí, en los brazos de aquél anciano sacerdote… santificado sea tu nombre… yo te había enlodado, te había olvidado y ahora Tú me santificabas…

Venga tu Reino… sí, que venga, que la verdad triunfe, que ya no haya hombres que engañen y prometan reinos de felicidad que sólo consiguen grilletes y cadenas imposibles de romper… hágase tu voluntad… yo siempre había querido hacer la mía, y que los demás se plegaran a mis gustos, a mis inclinaciones, a mis deseos oscuros y sensuales… danos hoy nuestro pan de cada día… yo había ido a robar y ahora encontraba quién me alimentara, quien no me pedía nada y que ahora me lo estaba dando todo…

Perdona nuestras ofensas… qué difícil decirlo… como yo perdono a los que me han ofendido, a mi hermano que abusó de mí cuando yo era pequeñito, a mi madre que no metió las manos para defenderme, a mi padre que no se preocupó de si yo comía o estudiaba o necesitaba de su amor y de su cariño…

No nos dejes caer en la tentación… al llegar aquí, sentía que no era yo, que era alguien más profundo a mí mismo, que gritaba pidiendo no volver a caer en la tentación… luego supe que esa voz era la del Espíritu Santo en mí… y líbranos del mal… a todos los que hemos caído en este infierno, líbranos, lìbranos…”.

Mi recuperación fue lenta, dolorosa, pues mi cuerpo ya estaba muy pesado, pero ayudado por mi amigo sacerdote, yo ingresé a una clínica donde encontré amor y comprensión, y ahora vivo feliz, gritando a todos los que me encuentro, que hay un Padre que vela con amor por sus hijos, que nos quiere entrañablemente, y lucho por hacer que hermanos sin entrañas ya no arrojen a nuevos chavos a la hoguera de la droga y el pecado, y siempre que me acerco a los caídos, como alguien lo hizo conmigo, yo les voy diciendo al oído: “Padre nuestro, Padre nuestro…”.

EL PODER DE LA ORACIÓN.

Dunkerque. Tropas inglesas evacuan una posición por mar en medio de nuestros bombardeos.

Dunkerque. Tropas inglesas evacuan una posición por mar en medio de nuestros bombardeos.

Corazones.org

Con tres días de oración y ayuno decretados por el Rey de Inglaterra salieron 800.000 soldados del cerco Nazi en Dunquerque.

“Antes de que pidan, yo responderé” (Isaías 65:24).

Una noche, había trabajado duro para ayudar a una madre en su parto; pero a pesar de todo, ella murió dejándonos con un bebé prematuro diminuto y una hija de dos años que lloraba.
Sabíamos que tendríamos dificultad en mantener con vida al bebé, ya que no teníamos incubadora (ni siquiera teníamos electricidad para hacer funcionar una incubadora).

Tampoco teníamos facilidades para darle alimentación especial. A pesar de vivir en el ecuador geográfico, las noches a menudo eran frías con corrientes de aire. Una comadrona estudiante fue a traer la caja que teníamos para esos bebés
y la frazada de algodón en la que debería envolverse al bebé.

Otra fue a avivar el fuego y a llenar una bolsa con agua caliente. Regresó rápido apenada a decirme que al llenar la bolsa, esta se había reventado (el plástico fácilmente se echa a perder en los climas tropicales). Exclamó, “¡Y es nuestra última bolsa de agua caliente!”

En occidente decimos que no es bueno llorar sobre leche derramada. Tampoco en el África Central es bueno llorar sobre una bolsa de agua caliente estallada. Estas no se dan en los árboles  y no hay farmacias en los extravíos de la selva.

“Está bien,” le dije, “ponga al bebé tan cerca del fuego y con todo el cuidado que pueda, y duerma entre el bebé y la puerta para librarlo de los vientos. Su trabajo es mantener al bebé con calor.” La tarde siguiente, tal como lo hacía la mayoría de días, fui a rezar con algunos de los niños del orfanato que se reunían conmigo. Yo les di a los más jóvenes varias sugerencias de cosas por las cuales rezar y les conté del diminuto bebé. Les expliqué nuestro problema por mantener al bebé caliente. Mencioné lo de la bolsa para agua caliente, y que el bebé podría morir fácilmente si se enfriaba. También les conté de la hermanita de dos años, llorando porque su mamá había muerto.

Durante el tiempo de oración, una niña de diez años, Ruth, rezó con la forma usual concisa y sin remilgos de nuestros niños africanos. “Por favor, Dios” pidió ella, “envíanos una bolsa para agua caliente. No nos servirá mañana, Dios, porque el bebé ya estará muerto, así que por favor envíanosla esta tarde.”

En lo que me tragaba una bocanada de aire frente a la audacia de la oradora, ella agregó, “¿Y a la vez, podrías por favor enviarnos una muñeca para la pequeña hermana para que sepa que realmente la amas?”

Como pasa con la oración de los niños, fui puesta en un apuro. ¿Podía decir yo honestamente, “Amén”? Oh, si, yo sé que Dios todo lo puede, la Biblia dice así. Pero hay límites, ¿o no?. La única forma en que Dios podía responder a esta oradora muy particular sería enviándome un paquete desde mi país. Yo había estado en África por casi cuatro años para ese entonces, y nunca, nunca había recibido un paquete enviado desde mi país. De todos modos, si alguien me enviase un paquete, ¿quién pondría una bolsa para agua caliente? ¡Yo estaba viviendo en el ecuador geográfico!

A media tarde, cuando estaba dando clases a las enfermeras, recibí el mensaje de que un carro estaba estacionado en la puerta de enfrente de mi residencia.

Cuando llegué a mi casa, el carro ya se había ido, pero allí, sobre la baranda, había un paquete grande de veintidós libras. Sentí lágrimas mojando mis ojos. No podía abrir el paquete yo sola, así que mandé a llamar a los niños del orfanato.

Juntos tiramos de las cintas, deshaciendo cuidadosamente cada nudo. Doblamos el papel, cuidando de no romperlo demasiado. La excitación iba en aumento.

Algunos treinta o cuarenta pares de ojos estaban enfocados en la gran caja de cartón.

De hasta arriba, saqué unos jersey de punto de colores brillantes. Los ojos relumbraban conforme los levantaba. Después había las vendas de punto para los pacientes leprosos, y los niños mostraron un leve aburrimiento. Luego venía una caja de pasas mixtas con pasas de Esmirna -estas harían una porción para el pan del fin de semana. A continuación, cuando volví a meter la mano, pensé ¿…estoy sintiendo lo que en realidad es? Agarré y saqué si, una bolsa para agua caliente nueva. Lloré. No le había pedido a Dios que me la enviara; porque realmente no creí que Él pudiera hacerlo. Ruth estaba al frente de la fila que formaban los niños. Ella se abalanzó, afirmando, “¡Si Dios nos envió la bolsa, debió mandarnos también la muñeca!”

Hurgando hasta el fondo de la caja, ella sacó la muñeca pequeña y bellamente vestida. ¡Sus ojos brillaron! ¡Ella nunca dudó!

Viendo hacia mi, preguntó: “¿Puedo ir con usted y darle esta muñeca a la niña, para que ella sepa que Jesús la ama en realidad?”

El paquete había estado en camino por cinco meses completos. Empacado por mis antiguos alumnos de la escuela dominical, cuyo líder había escuchado y obedecido a Dios urgiéndole a enviar una bolsa para agua caliente, a pesar
de que iba para el ecuador geográfico. Y una de las niñas había puesto una muñeca para una niña africana -cinco meses antes, en respuesta a la oradora de diez años que creyó y pidió que lo trajera “esa tarde.”

“Antes de que pidan, yo responderé” (Isaías 65:24).

¿Alguna vez has sentido la urgencia de orar por alguien y lo has dejado para mañana?. Lee este testimonio:

OraciónCorazones.org

Un misionero en vacaciones contó la siguiente historia cuando visitaba su Iglesia local en Michigan, EU.: ”Como misionero en un pequeño hospital en el área rural de Africa, cada dos semanas viajaba a la ciudad en bicicleta para comprar provisiones y medicamentos. El viaje era de dos días y debía atravesar la jungla. Debido a lo largo del viaje, me era necesario acampar en el punto medio, pasar la noche y reanudar mi viaje temprano al siguiente día. En uno de estos viajes, llegué a la ciudad donde planeaba retirar dinero del banco, comprar las medicinas y los víveres, y reanudar mi viaje de dos días de regreso al hospital.

Cuando llegué a la ciudad, observé a dos hombres peleándose, uno de los cuales estaba bastante herido. Le curé sus heridas y al mismo tiempo le hablé de Nuestro Señor Jesucristo. Después de esto, reanudé mi viaje de regreso al hospital. Esa noche acampé en el punto medio y a la mañana siguiente reanudé mi viaje y llegué al hospital sin ningún incidente.

Dos semanas mas tarde repetí mi viaje. Cuando llegué a la ciudad, se me acercó el hombre al cual yo había atendido en mi viaje anterior y me dijo que la vez pasada, cuando lo curaba, él se dio cuenta de que yo traía dinero y medicinas. El agregó: “Unos amigos y yo te seguimos en tu viaje mientras te adentrabas en la jungla, pues sabíamos que habrías de acampar. Planeábamos matarte y tomar tu dinero y medicinas. Pero en el momento que nos acercamos a tu campamento, pudimos ver que estabas protegido por 26 guardias bien armados”.

Ante esto no pude más que reir y le aseguré que yo siempre viajaba solo. El hombre insistió y agregó: “No señor, yo no fui la única persona que vio a los guardias armados, todos mis amigos también los vieron, y no solo eso sino que entre todos los contamos”.

En ese momento, uno de los hombres en la Iglesia se puso de pie y le pidió al misionero que por favor le dijera la fecha exacta de cuando sucedió ese hecho. El misionero les dijo la fecha y el mismo hombre le dijo la siguiente historia: “En la noche de tu incidente en Africa, era de mañana en esta parte del mundo, y yo me encontraba con unos amigos. Estábamos a punto de comenzar un juego de golf, cuando sentí una imperiosa necesidad de orar por ti, de hecho, el llamado que el Señor hacia era tan fuerte, que llamé a algunas personas de nuestra iglesia para que se reunieran conmigo lo mas pronto posible.” Entonces, dirigiéndose a la congregación dijo: “todos los hombres que vinieron en esa ocasión a orar, ¿podrían por favor ponerse de pie?”. Todos los hombres que habían acudido a orar por él se pusieron de pie, el misionero no estaba tan preocupado por saber quienes eran, mas bien se dedicó a contarlos . . . eran 26.